Retorno a El Día como columnista

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A continuación reproduzco el artículo inaugural de una nueva etapa en la que fue mi Casa de El Día, Los viernes en la página de Gastronomía que coordina mi compañero Sergio Lojendio

CON CÚRCUMA

Afinemos el blanco de la catapulta

Antes de entrar en materia, necesariamente he de manifestar el sentimiento especial que ahora resurge al comienzo de esta nueva etapa en la Casa de El Día, en la que me forjé como periodista durante casi treinta años.

Hoy, con la aventura personal que emprendí hace ya un año, si pudiese hablar de experiencia ahí que estaban las paladas necesarias para este cauce en “solitario”. Mi agradecimiento, pues, por acogerme en esta columna semanal y mi saludo más afectuoso a los lectores.

Que en estas líneas me encuentre cómodo, como en casa, va a propiciar que hilvane ideas mientras fluyen y en este instante sin destino concreto.

Permitan que dé rienda suelta a una idea a la que le doy vueltas hace ya tiempo, después de mucho percibido, y es la del potencial desaprovechado que tienen nuestras capitales. Enclaves que presentan al turista, al visitante, una variedad y tipicidad gastronómica que sería capaz de regenerar economías en la actualidad más bien latentes y que no acaban de cuajar.

¿Desidia? ¿Lejanía? En Canarias, con todos nuestros argumentos coquinarios –irrefutables- pasa el día a día a la espera de algún big-bang culinario y sacuda la modorra que hace que Santa Cruz, por ejemplo, permanezca casi en estado contemplativo.

¿Es para tanto? Sí respecto a la capital tinerfeña, entiendo y lo peor es que no los creemos. Desde hace años, la ciudad ha estado envuelta en el sambenito de lugar aburrido y sin gracia en el aspecto gastronómico.

Habría que dar la razón a esa percepción general cuando un viernes por la noche, digamos sobre las 10, podemos estar dando una vuelta por la calle San José y a las terrazas y tascas sólo le faltan… el canto de los grillos. ¡Hagan la prueba! Tal como si se apagase un enorme interruptor en la Plaza del Príncipe y el ambiente, la atmósfera propicia para tomar unos vasos de vino queda al ralentí.

El reflejo automático es: ¡pues vámonos a La Laguna! Ufff. Hemos pinchado en hueso, así  que lo abordamos en otro escrito.

Hace escasos días me movía por las zonas de tapeo de Burgos y Logroño. ¡Increíble! En la capital burgalesa, en torno a la catedral, las oleadas de personas hacían casi imposible entrar a las tascas. Pinchos, “pecaditos”, vermú de barrica, cañas, brochetas de pulpo… Una explosión en torno a la oferta culinaria, no tan alejada en calidades como las de Santa Cruz. Más caras sí.

Medianoche y observaba la aplicación del móvil: cero grados centígrados, llovía –mientras, en Tenerife, 20 grados, despejado-. ¿Cuál es la clave? ¿Dónde está? En el Morito, entrar a probar el picoteo de allí se antojaba una Cruzada. Tipo el Águila en Carnaval.

En el fragor de personas achuchando por las comandas y un palmo de barra, el veterano cocinero bregaba de espaldas, en la plancha, refunfuñando y vertiendo con habilidad setas, medallones de solomillo, calamares, pimientos, morcillas,… Salían platos humeantes de línea monocorde en sabores, pero seductores a la vista. La tasca a plenitud de clientes a la una de la madrugada.

La calle del Laurel, en Logroño. Más de lo mismo. Latidos y oleadas de más y más almas ávidas de vinitos junto con las especialidades: hongos, sepia, papas bravas, cazuelitas, bocadillos…

¡Caramba! Las credenciales de Santa Cruz o de La Laguna las tenemos ante las narices: darían para esto o para más. ¡Yo quiero esto para nosotros! Alguna vez conversé con gestores públicos y les decía: vamos dos o tres, de mochileros y presupuesto a lo pobre, cuaderno y bolígrafo.

Examinemos qué se cuece en cinco lugares emblemáticos: El Laurel, Barrio Húmedo (León), Lugo intramuros, Cádiz y Cartagena. A ver dónde esas claves, los sutiles engranajes que sirvan no para aplicar a bocajarro sino para atemperarlos a las identidades de Santa Cruz, de La Laguna.

Hay que lanzar la revolución, pero ya, sin tardanza.

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